Yo también quiero tener la sangre azul y ser fiel toda la vida.
Pero suceden los días de dolor
y cuando llegan te hacen rendir las cuentas...
Sueltas y caes de rodillas porque no hay manera de describir la manera en que te deconstruyes.
Y me pregunto, ¿esto te pasará a ti también?
El mundo se rompe en pedazos y nada tiene indicios de normalidad.
Lo pueden llamar principios de esquizofrenia.
¿Me visitarás si termino en un manicomio?
Mantener la mente en foco, contar 1, 2, 3, 4, 5, 6...
Los ataques de pánico fueron el comienzo y ahora sé que no tendrán final. Pensé que las pastillas servirían de algo, que de verdad había algo malo en mi cabeza. Sirven al principio. Cuando no tienes ni puta idea de lo que seguirá.
Después cruzas un puente y crees que todo volverá a ser como antes.
Pero nunca es así.
Porque el ataque te espía a la vuelta de tu mirada. Está agazapado, quieto, como un tigre que acecha.
Y te das cuenta que forma parte de ti.
Por ello va a regresar.
Mi mente forma un túnel largo.
La salida más corta es el final. Lo sé y lo veo. No puedo describir el miedo porque no tiene forma ni color ni olor. No es nada de lo que has imaginado. La realidad que se aleja de ti. Y todo lo que conoces nunca regresará.
Comienzas a observarlos. Sabes cuándo vendrán. Están anidados en ti, solo que a veces deciden que es un buen momento para estirar las piernas e ir a dar un paseo.
Azul es azul, rojo es rojo, tele es tele, piso, pared, puerta, tratas de ponerle un nombre a todo.
Otras veces corres a llegar a tu cama. La cama siempre es el mejor lugar.
Otra cosa sucede con los ataques. Vienen con lágrimas, inexplicables, fluyen como un río, incontrolable, no lavan nada, solo brotan sin parar.
Esto debe estar en un libro de psicología, pienso, tratando de que algo cobre sentido.
You have fucked up your life, pienso también.
Rezar, de niña rezar siempre funcionaba en los peores momentos. Cerrar las manos en el regazo y repetir las palabras de la oración. De niña lo hacía tapándome los oídos para no escuchar los gritos.
Esos gritos y esos padres.
El tren de mi pensamiento no para. Fueron entonces mis padres, culpables, no tienen idea del daño que me infligieron. El cuchillo es de doble filo. Si ellos lo hicieron conmigo, yo lo estaré haciendo con mis hijos, día tras día.
No puedo entrar a ver las redes sociales, no puedo identificarme con nada. Todo duele, la luz matinal, el sol que se esconde tras las naranjas, la noche que me deja en una casa vacía.
Abrazo a mis perros. Su respiración es tibia. Pero el ataque sigue ahí. La mirada de los animales es tan dulce que brotan más lágrimas de mí.
No puedo racionalizar cómo comenzó todo. Hace días en un camión. Vi una mujer anciana, muy anciana. No pude hacer lo que quería por mi madre. Nunca fue suficiente. Y la mirada de ella me acusa hoy.
Pero eso no es racional de hecho. No sirve el cerebro. El dolor entumece el cuerpo. Dejo de comer. El ataque sigue ahí. Es como el niño robot de I.A., así estoy, enterrada en el fondo de un mundo en destrucción esperando que se termine mi batería. El mundo se ha terminado pero yo sigo consciente. Y sola.
Alejo a todos de mí. Quiero llamarlos a mi lado pero sé que en cuanto se acerquen, me alejaré. Los haré huir, no pueden ver lo que queda de mí. Soy tanto dolor que ellos no lo merecen.
El agua suaviza un poco mis sentimientos. Al menos regula la temperatura. Podría quedarme tres horas pero se termina el agua caliente.
Nada tiene sentido, el dolor es tan fuerte que decido quedarme quieta, no puedo conectarme al exterior porque todo me causa un miedo terrible. El grado de identificación que tengo hacia un programa de televisión, hacia un libro, hacia el Internet es tan fuerte que siento cómo se clava el miedo en mi pecho.
Hablo con mi amiga. Ella ha vivido esto. No es mejor ni peor. No pasará. No tiene solución. Al menos poder hablar así de esto con alguien me aterriza. No quiero decir que me siento mejor porque sería una mentira. Sólo que sé que no existe razón para esto y punto. Y nunca se irá para siempre y punto. Es un principio de realidad.
Una idea cruza mi mente: si el arte sirviera para algo debería dar esperanzas a quienes viven algo así. Si tan solo un artista pudiera dar esperanza, el arte tendría sentido. Pero yo no puedo hacerlo. Me pregunto cómo hace alguien para escribir una novela, si yo apenas logro salir de la cama.
Prender una vela ayuda. Sé que se cumple un año de la muerte de mi madre. Es como vivir de nuevo ese tránsito doloroso pero ahora no hay descanso. El año pasado cuando falleció su angustia cesó. Y eso fue bueno. Ahora nada cesará porque aquello ya cesó y esto, esto que no tiene nombre, es continuo.
Veo la foto de mi madre. Me pregunto si el dolor que vivo ahorita es una identificación, una certificación de fe, una muestra de solidaridad mía hacia con ella, sentir la misma angustia que ella pasaba antes de morir. Me doy cuenta cuán aterrada estuvo mi madre tantos y tantos días, meses y años de su vida. Lamento no haber podido platicarlo con ella. Le digo a su fotografía: "El día 13 vas a morir, mamá, pero no te preocupes, estará bien, estaré contigo, sigo contigo."
Duermo con 5 cobijas. Y una de ellas es eléctrica. El calor sirve un poco, es como tener a un enorme animal vivo sobre mí. Me pregunto cuánto dolor es posible aguantar.
Para estas alturas ya no pienso. Estoy hincada y no tomo nada entre mis manos. Mi frente toca el piso. Me rindo, siempre este movimiento me lleva a rendirme. Tiene que ser para rendirme. Y cuando me rinda, volverá a suceder, tendré que volver a rendirme una y otra vez.
Las clases y el trabajo regresan. La rutina siempre ayuda. Hay un enorme silencio dentro de mí. Me he dejado de argumentar a mi misma el sentido de todo lo que me ocurre. No hay respuesta. Me prohibo racionalizar.
Tengo la siguiente imagen: es como si mi mente fuera un perro ladrando ante cualquier estímulo que pasa. Pero he construido una cerca alrededor de ese perro. I have backed out so much that behind me there is only a wall. No hay camino hacia allá atrás (el racionalizar), me digo. Ya no hay nada más que entender con la razón. Debo tomar el camino hacia el otro lado. Sin pensar, sin excusar nada, sin tratar de entender nada...
Sigue doliendo, sigo entumida. Me tomo una foto y la miro. Cuán triste me veo. Siempre me he visto así. Tan triste.
Mi primo me dice que la culpa que cargo es excesiva. ¿Cómo pude construir tanta culpa? Empiezo a ver ese deseo contradictorio de quererme borrar de la existencia, tal es mi odio hacia mí... Freud trataba de entenderlo, lo sé... cómo un deseo tan fuerte de una muerte tan brutal? Eso mismo comienzo a figurar.
Eso trae una suerte de alivio, el primer respiro en varios días. Si pudiera acabar con la culpa... Y sucede algo más curioso aún: me doy cuenta que el dolor se ha instalado de tal forma en mi interior que ahora no quiero estar bien. Me resulta extraño estar bien. Había encontrado una suerte de identificación en mi tristeza y en mi pánico que tengo que admitir que incluso soy yo misma quien no quiere dejar de estar mal.
¿Cómo me hablará la gente ahora que esté bien? ¿No dirá que todo lo he inventado? Siendo sincera, ¿estoy de acuerdo con estar bien?
Prendo de nuevo la vela. Quiero que se acabe esa vela, porque ese fuego realmente mueve algo dentro de mí. Sigo una meditación. Respiro y visualizo un campo soleado.
Hay un hombre ahí, rubio, de ojos azules y cabello largo. Yo no lo pensé, tan solo apareció y sé que sólo quiere estar ahí. Pienso que empezar a imaginar que el amor existe, después de un tiempo tan largo de haberlo desterrado, puede ser que lo haga visible, posible, tangible.
El río, el sol, el pasto y el hombre. No sé quien es, pero está ahí. Luego desaparece y acaba la meditación. Me siento mejor.
Pequeños actos de amor hacia mí. De verdad no sé por dónde comenzar. La serenidad y los momentos de llanto comienzan a sucederse. Al menos no está el miedo todo el tiempo. Me doy cuenta que no tomaré más mis medicinas. Ellas no evitarán que esto pase de nuevo.
Veo la tele. Los infortunios de todos los protagonistas de las historias para niños quizá estén escritos aquí, en mi vida. Luchar, una y otra vez. Pararse, una y otra vez. Seguir, una y otra vez. No hay final y la vida sólo se trata de esto.
Ahora con momentos más serenos puedo comenzar a ver el fracaso de mi vida en todos los sentidos. Entiendo parte de lo que me trajo al pánico: la certeza absoluta de que nada en mi vida es como hubiera querido que fuera.
Me considero un fracaso. Una puerta cerrada. Un camino que termina en precipicio.
Pero está bien. Al menos puedo ver esto y ya no pedirme a mí misma ser otra cosa.
Este es el punto en el que no hay más que sinceridad. No hay nada más que perder.
Sé que veré a mis hijos pronto. Esta idea hace brotar lágrimas profundas. Tengo miedo, quiero tenerlos lejos de mí. Me verán frágil y dolida y no podré estar para ellos. Y el que ellos no estén también me duele.
Regreso a la imagen del perro y la pared. El camino del rechazo ya lo conoces y has topado con pared. ¿Por qué no intentas avanzar hacia adelante? ¿Por qué no intentas convivir con el sí? ¿Con el amor? ¿Con la aceptación? ¿Con la idea de que si realmente le has hecho daño a la gente que te rodea eso no está tan mal? Porque era inevitable. ¿Por qué no soltar la fantasía infantil de que no repetirías una historia que estaba escrita para que la repitieras tal cual? ¿En qué momento de la vida creíste que era posible cambiar un ápice el Destino? ¿Qué poder superior creíste tener para decidir que tus hijos vivieran mejor que lo que tú viviste?
Estoy sacudida hasta los huesos. De verdad se siente así, como si ya no hubiera piel ni músculo ni nervios. Actúo a nivel óseo. ¿Seré capaz de amar alguna vez? ¿Me amarán alguna vez? No tengo respuesta a esto.
Tienes que regresar al perdón más básico, me digo. Quizá ahí hay un camino. Empezar por decir, me perdono por existir y ser quien soy. Me perdono por este dolor que me infrinjo sola. Me perdono por hacer tantas cosas que no quiero. Me perdono por quererme borrar.
Como si la vida fuera un espejo de mi interior, me doy cuenta que no hay gasolina en mi ciudad. Está agotada en el estado, quizá en el país. No me sorprende. Parece coincidir con esa eterna sequía que se ha instalado en mi interior.
Veo la película "The Lobster". Resuena extrañamente en mí. Logro ver cosas en ella que de otra manera no percibiría. En ese mundo las expresiones de amor no van acompañadas del sentimiento. Es una película donde no existe el amor y por ello, toda ella vibra con amor. Es una cuestión extraña. Como una película de Pasolini, "La langosta" me explica que nada de lo que llamamos amor aquí realmente es el amor. Su completa ausencia, nuestra obsesión absoluta por encontrar a alguien que tenga algo compatible con nosotros es eso que llamamos amor... ¿Pero cómo podría ser amor el que te quites la vista, que te arranques los ojos por la persona que amas? ¿Hasta qué punto una y otra vez el amor significa sacrificio para nosotros?
Si los dos somos ciegos tendremos un vínculo irrompible. Es como tener un hijo y creer que eso es lo que nos mantiene juntos. No tengo idea de lo que es el amor. Sí sé lo que es crear un mundo donde me he asegurado que no exista ni rastro de amor.
No amamos al otro. En realidad solo estamos obsesionados por no estar solos. Buscamos al otro desde nuestra necesidad intrínseca de compañía y de que sea para nosotros aquello que sea inamovible y absoluto.
Esto es muy extraño, lo sé. La primera cualidad del amor para mí tendría que ser su absoluta incondicionalidad ante lo que yo soy. Una mano suave que me sostuviera sin importar qué pensamiento, palabra, acción saliera de mí.
Yo no soy capaz de sentir eso por mí. Vivo detrás de una enorme barricada. Al menos es bueno comenzar con la honestidad. Y eso es todo lo que hasta ahora sé.
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lunes, 7 de enero de 2019
Del amor y el dolor (y los ataques de pánico)
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miércoles, 19 de diciembre de 2018
Mi Sombra hacia el 2019
Afortunadamente cuando uno se acerca a un autor, sus palabras toman camino dentro de uno y encontré esta cita:
Nuestra sombra es todo aquello en nuestro interior que hemos dejado huérfano, que hemos evadido y que permanece en la oscuridad. Damos la espalda al dolor en algún momento de nuestra vida, sobre todo durante la infancia, sin embargo todo aquello que no hemos procesado persiste relegado y escondido en nuestra sombra. Nuestra sombra es el lugar donde nuestra fuerza vital queda atrapada fuera de nuestro alcance... El trabajo con la sombra va en contra de lo establecido: caminamos hacia el dolor, no alejándonos de él. Accedemos a ese sitio de dolor en nuestro interior y poco a poco lo sacamos al exterior, lo reconocemos e intimamos con él, hasta que ese dolor distante y extraño deja de ser ese temido "él" y se vuelve un "nosotros" recuperado.Nunca hubiera podido describir con mejor precisión el proceso que viví de agosto 2017 a la fecha, hace una o dos semanas. En medio de una terapia de grupo le confesé una noche de agosto del 2017 a mi terapeuta: "Algo se acerca, lo puedo ver con el rabillo del ojo, no sé qué es y me aterra."
La sombra llegó hacia mediados de noviembre y se instaló a mi lado. No me era posible verla, pero sabía que estaba ahí. No me gustaba. Era desagradable, en pocas palabras, era todo aquello que me había jurado jamás ser desde niña. Se me acercaba, pidiendo consuelo, se recargaba en mi hombro y me daban ganas de vomitar.
En diciembre ya tenía una presencia definida en mi vida. Todo estaba fuera de mis manos. No hubo celebraciones. Llegó la muerte de mi madre en enero, en medio de una yo que era toda confusión y angustia. Mi amigo Magdiel me contuvo un poco, pero no hay fecha que no se cumpla. Llegó la Muerte y no me encontró, llegó en uno de esos viajes que yo hacía para entender qué pasaba conmigo y qué era aquello que se asomaba por el rabillo de mi ojo.
Febrero fue un mes oscuro, de las oscuridades que yo no sabía que el alma podía tocar. No quería hacer nada. Una chispa apagada, una fuerza extinguida. Era tal el despair (pues no creo que en español haya palabra parecida) que pasaba las tardes sentada enfrente de una vela encendida, porque no sabía cómo regresar a la luz.
En agosto se abrió el túnel. Era un camino directo al suicidio. Lo vi llegar mientras manejaba. Se abrió ante mí. Era tan fácil y luminoso. Era entender con tranquilidad cómo es que todas esas personas (Robin Williams, por Dios!) tomaban el camino del suicidio. Manejé a casa y llamé a mi padre, le pedí que no dejase de hablar, pasara lo que pasara. Me así a la vida como pude.
No era el final de la sombra, ni mucho menos. Tomé medicinas, tomé terapias, hice acupuntura, me moví hacia donde fuera. La segunda vez que se abrió el túnel (este año porque ya se había abierto antes) lo pude ver. Ver su forma y aguantar su paso. Saber que iba a regresar, que no había manera que desapareciera. Era el centro de la sombra y no había manera de resistirlo.
Claro que regresó, quizá por menos tiempo. Claro que seguí haciendo mil cosas para que desapareciera. Las tardes en que me quedaba sola me aterraban. No había manera de estar a salvo. Incluso al lado de mi mejor amigo, la Sombra llegaría al centro de mi corazón. ¿Cómo explicar la angustia que sentía? ¿Cómo decirle que en una bella y tranquila tarde de otoño bajo el brillante sol y la calma yo estaba segura que el mundo llegaba a su fin? ¿Y que ya no me importaba absolutamente nada de lo que ocurriera? ¿Que morir quizá significara de verdad descansar? ¿Que la Sombra estaba acomodándose en medio de mi pecho para quedarse?
Luego en diciembre 2018 llegó un sueño terrorífico del cual desperté angustiada. Había visto a la Sombra. La Sombra tenía la forma del terror de mi infancia. La Sombra era roja y quería ser escuchada. Quería ser vista. Era molesta, poco educada, apestaba, todo lo hacía mal, reprobaba en la escuela, quería atención, quería gritar, decir groserías, eructar, quería sexo y dinero y aprobación. Me gritaba al oído en la forma que yo por fin le había podido dar. Mi madre me veía de frente. Yo cerraba los ojos y la Sombra se encimaba sobre mí. Quería mi muerte y mi desaparición, me amenazaba.
Pero la pude ver. Ese reflejo que la vida me había puesto desde niña y al que yo había evitado todo lo posible. Había corrido a miles de kilómetros, a miles de otras relaciones para evitarla, pero al fin me había alcanzado. Y era mucho peor de lo que podía yo imaginar. Pero también me explicaba por qué yo me empeñaba en seguir subida a una repisa sin querer saltar hacia la vida.
Ahí está hoy, mi Sombra, la Sombra, terrible monstruo de pesadilla en forma de ese hombre que conozco tan bien y por el que tanto he llorado. Es abominable, despreciable, está loco y angustiado y sólo sabe gritar para ser escuchado. Todo lo arruina en cuanto lo toca. No puede tener una sola relación estable. No puede tener dinero pues de inmediato lo pierde. No sabe lo que es ser amado.
Ahí está mi Sombra, sentada a la mitad de la sala de mi ser, justo en medio de mi pecho. Si la miro un poco de cerca hasta resulta ridícula. Hace unos días le puse una correa y la invité a subirse al coche conmigo. Le puse su cinturón y miró hacia el frente. Al menos está tranquila porque sabe que la he visto.
Ya no la escondo. Duerme a mis pies y a veces quiere más que eso y yo la tengo que ver. No puedo acercarme demasiado, porque es probable que me coma. Pero haberle puesto nombre y color rojo y entenderla en su presencia es un consuelo para mí.
Si se vuelve a abrir el túnel quizá logre presenciar todo el fenómeno sin intentar huir. Ese túnel es la boca de mi Sombra que se abre inmensa para devorar el mundo. Yo solo tengo que mirar. Y si puedo, algún día, no este año ni creo que el siguiente ni el otro, le acariciaré las mejillas, solo para saber si tiene calor su piel.
Mientras tanto que duerma a mi lado, que respire a mi lado... Yo sólo tengo que observarla sin huir.
lunes, 10 de diciembre de 2018
Sueño del 8 al 9 de diciembre y del 9 al 10
Regresaba a la casa de V. Ahora no estaba L. Sólo ella pero me gustaba cómo tenía todo ordenado. Ella solo se vestía de blanco, aunque podía poner color a su ropa blanca. Veía todo su clóset. Ya nos íbamos pero le preguntaba si podía ver su obra. Ya tenía una manera nueva de pintar.
Se trataba de unos papeles enormes que ya traían unas líneas hechas y ella les pintaba encima. Su primer dibujo era una alicia, guera, ojos grandes, vestida de azul, aunque yo sabía que se trataba de nuevo de M. y sentía envidia.
Después los otros dibujos eran diferentes. Me gustaban mucho, ella reinterpretaba lo que estaba ahí. Cuando platicábamos de mí, me daba cuenta que lo que yo quería hacer no era estudiar un doctorado, sino ayudar a las personas a entender lo que estaban viviendo.
Me desperté contenta, sabiendo que todos en ese sueño eran yo.
Un hotel de muchos pisos. En los cuartos superiores estaba una gran fiesta, muy divertida, conocía a todos y me la pasaba muy bien. Más bien era como vivir una fiesta de la juventud como nunca me lo había permitido.
Luego bajaba por el elevador. Estaba M. Decidía verla, enfrentarla. Estaba toda su comida, todos comían agachados por miedo a ser reconocidos. Era extraño. Por fin me atrevía a felicitarla, decirle que había escuchado lo que había hecho. Me sorprendía su modestia. No quería hablar de ello sino de mí. Vi a sus sobrinos y a su mamá y a su hermana. Sentí algo de nostalgia y me sentía torpe porque no sabía cómo saludar a todos en esa situación.
Me escapaba, estaba siguiendo a alguien por los pisos de abajo. Aunque no era yo, lo que pasaba es que veía a mi M. siguiendo a alguien y se iba a subir en el elevador. La detenía antes de hacerlo. Me sorprendía porque la veía entera, de pie, caminando. No se veía bien sin embargo. Tenía la piel color naranja, descompuesto. Le preguntaba cómo estaba y me decía que bien. Tenía una sonrisa triste. Ella me decía que no me preocupara, que estaría bien. Yo le decía antes de que se fuera que así era, que todo estaba bien y que se rindiera ante la luz, como si tuviera que decirle cosas antes de que siguiera esa carrera por entre los cuartos vacíos de ese hotel enorme, le tenía que decir que soltara todo.
Se trataba de unos papeles enormes que ya traían unas líneas hechas y ella les pintaba encima. Su primer dibujo era una alicia, guera, ojos grandes, vestida de azul, aunque yo sabía que se trataba de nuevo de M. y sentía envidia.
Después los otros dibujos eran diferentes. Me gustaban mucho, ella reinterpretaba lo que estaba ahí. Cuando platicábamos de mí, me daba cuenta que lo que yo quería hacer no era estudiar un doctorado, sino ayudar a las personas a entender lo que estaban viviendo.
Me desperté contenta, sabiendo que todos en ese sueño eran yo.
NOCHE SIGUIENTE
Un hotel de muchos pisos. En los cuartos superiores estaba una gran fiesta, muy divertida, conocía a todos y me la pasaba muy bien. Más bien era como vivir una fiesta de la juventud como nunca me lo había permitido.
Luego bajaba por el elevador. Estaba M. Decidía verla, enfrentarla. Estaba toda su comida, todos comían agachados por miedo a ser reconocidos. Era extraño. Por fin me atrevía a felicitarla, decirle que había escuchado lo que había hecho. Me sorprendía su modestia. No quería hablar de ello sino de mí. Vi a sus sobrinos y a su mamá y a su hermana. Sentí algo de nostalgia y me sentía torpe porque no sabía cómo saludar a todos en esa situación.
Me escapaba, estaba siguiendo a alguien por los pisos de abajo. Aunque no era yo, lo que pasaba es que veía a mi M. siguiendo a alguien y se iba a subir en el elevador. La detenía antes de hacerlo. Me sorprendía porque la veía entera, de pie, caminando. No se veía bien sin embargo. Tenía la piel color naranja, descompuesto. Le preguntaba cómo estaba y me decía que bien. Tenía una sonrisa triste. Ella me decía que no me preocupara, que estaría bien. Yo le decía antes de que se fuera que así era, que todo estaba bien y que se rindiera ante la luz, como si tuviera que decirle cosas antes de que siguiera esa carrera por entre los cuartos vacíos de ese hotel enorme, le tenía que decir que soltara todo.
sábado, 6 de octubre de 2018
Sueño del 5 al 6 de octubre de 2018
Sabía que N. o M. se cortaban los brazos y luego se los cosían. Estaba(n) mala(s) de la sangre y su trabajo ya no les pagaría el seguro. Se cortaban a nivel del antebrazo y se cosían con un hilo amarillo los pedazos de nuevo. El dolor las hacía sentir bien. Yo estaba horrorizada. No entendía qué pasaba y porque nadie sabía que les quedaba tan poco tiempo de vida y no había nada por hacer. Ellas andaban tranquilas y era yo quien le tenía que platicar todo esto al resto del sindicato.
jueves, 20 de septiembre de 2018
Sueño del 24 de agosto de 1996
Estaba en la cama de mis papás en Cerro del Tesoro. Una de sus almohadas largas caía desde el techo. A. estaba conmigo y se movía por lo que me daba cuenta de que sabía sobre la caída.
Me paraba a verme en el espejo y veía que tenía muchos granitos rojos y me decía que debía ser por no comer suficiente fruta. Luego me veía toda la cara y estaba llena de granos de alergia, incluso el cachete derecho tenía toda una línea roja a través.
El espejo era de Heriberto Frías, del cuarto de Ch.
Me asomaba tantito al cuarto y veía que C. estaba ahí leyendo (no veía su cara, solo sus manos y pies). Tenía que sacar a A. antes de que llegaran mis papás. Me acostaba junto a él y sentía unas manos invisibles agarrándome de la muñeca y aplastándome contra la cama. Me decía a mí misma que A. me había dicho que era un flashback, que respirara, que estaba en el presente.
Luego trataba de decir su nombre con muchos esfuerzos porque estaba paralizada, hasta que lo dije en verdad y desperté.
martes, 18 de septiembre de 2018
Sueño del 28 al 29 de julio de 1996
...
En eso empezaba a sonar una alarma de fuego y todo el mundo empezaba a golpear con los puños en la pared y a gritar
Fire! Fire! Fire! Fire!
rítmicamente, pero no se movían.Yo buscaba la salida por un túnel rojo y no la encontraba por ninguno de los túneles rojos y decía, "Ya sé por qué los incendios son tan de miedo. Si me voy por la salida, ahí debe estar porque prendieron las velas o en la cocina también porque cocinan." (Adoro la lógica de los sueños. Las explicaciones tan lógicas, contra el absurdo de la situación...)
Y decía, "Esto es una pesadilla. Tengo que salir de aquí."
Y me decía, "Así se debe de terminar mi vida, cuando diga, 'Esto es una pesadilla, tengo que despertarme.'"
Y no me desperté
Las cabezas de la gente salían a través de la pared roja:
Fire! Fire! Fire! Fire!
Hasta que me desperté.
miércoles, 22 de agosto de 2018
Adaptación teatral de El mal de la muerte de Marguerite Duras
El mal de la muerte
EL HOMBRE desfallece
sobre el sexo de ella. LA OTRA MUJER lo observa. Poco a poco, la mano de EL
HOMBRE llega al sexo de LA OTRA MUJER, la acaricia. LA OTRA MUJER deja de
observarlo. El ritmo de los dedos de EL HOMBRE sigue los de la cadera de LA
OTRA MUJER. LA OTRA MUJER grita. De inmediato EL HOMBRE para y le tapa la boca.
EL HOMBRE
No grite.
LA OTRA MUJER
Ya no gritaré.
LA MUJER
Jamás de ahora en adelante ninguna otra gritará por usted.
LA OTRA MUJER
Cuánta felicidad.
EL HOMBRE vuelve
a taparle la boca bruscamente.
EL HOMBRE
Esas cosas no se dicen.
LA OTRA MUJER
Ya no lo diré.
LA OTRA MUJER se
para de la cama, envuelta en su sábana blanca.
LA OTRA MUJER
¿Ellos sí hablan de esto?
EL HOMBRE
No.
LA OTRA MUJER
¿De qué hablan?
EL HOMBRE
Hablan de todo lo demás, hablan de todo, excepto de esto.
LA OTRA MUJER ríe
y vuelve a acostarse en la cama. Se queda dormida. EL HOMBRE se para, da una
vuelta a la cama. Imperceptiblemente, conforme se acerca a la ventana, comienza
a llorar y sale a la terraza.
LA MUJER
No sabe qué contiene el sueño de ésa que está en la cama. De ese cuerpo
quisiera usted alejarse, quisiera volver a los cuerpos de los demás, al suyo,
volver hacia usted mismo y a la vez es precisamente por tener que hacerlo por
lo que llora.
EL HOMBRE entra
al cuarto de nuevo y observa a LA OTRA MUJER dormir. Se acuesta en el suelo al
pie de la cama. LA OTRA MUJER se despierta y se sienta en la cama.
LA OTRA MUJER
¿Es el ruido del viento?
EL HOMBRE asiente.
LA OTRA MUJER vuelve a dormir. EL HOMBRE se levanta y se pone en cuclillas a un
lado de LA OTRA MUJER. Levanta la sábana con cuidado y le acaricia los pechos,
los ojos. LA OTRA MUJER se despierta.
LA OTRA MUJER
El mal se apodera siempre más de usted, se ha apoderado de sus ojos, de
su voz.
EL HOMBRE
¿Qué mal?
LA OTRA MUJER
Todavía no sé decirlo.
Comienzan a
hacer el amor y se quedan dormidos, LA OTRA MUJER sobre EL HOMBRE.
LA MUJER
Ella estaría siempre dispuesta, quisiéralo o no. Precisamente sobre esto
usted nunca sabría nada. Ella es más misteriosa que todas las evidencias
exteriores que usted jamás ha conocido hasta ahora.
Al quedarse
dormidos, LA MUJER continúa.
LA MUJER
Alta. Ella habría sido alta. El cuerpo habría sido esbelto, hecho de una
sola vaciada, de una vez como por Dios, Él mismo, con la perfección indeleble
del accidente personal.
EL HOMBRE se
despierta. Con mucho cuidado, observa y recorre el cuerpo desnudo de LA OTRA
MUJER.
LA MUJER El cuerpo no tiene defensa alguna. Incita al estrangulamiento,
a la violación, las vejaciones, los insultos, los gritos de odio, el
desencadenamiento de las
pasiones cabales, mortales.
EL HOMBRE
Usted debe ser muy hermosa.
LA OTRA MUJER se
despierta y lo observa.
LA OTRA MUJER
Estoy aquí, mire, estoy ante usted.
EL HOMBRE
No veo nada.
LA OTRA MUJER
Procure ver, está incluido en el precio que ha pagado.
EL HOMBRE toma
el cuerpo, mira sus diferentes espacios, le da la vuelta, le da otra vez la
vuelta, lo mira, lo mira otra vez. Renuncia. Renuncia. Deja de tocar el cuerpo.
LA MUJER
Hasta esta noche usted no había entendido cómo se puede ignorar lo que
ven los ojos, lo que tocan las manos, lo que toca el cuerpo.
EL HOMBRE
No veo nada.
LA OTRA MUJER se
queda dormida. EL HOMBRE la despierta.
EL HOMBRE
¿Es una prostituta?
LA OTRA MUJER
niega con un gesto.
EL HOMBRE
¿Por qué aceptó el contrato de las noches pagadas?
LA OTRA MUJER
Porque en cuanto me habló vi que le invadía el mal de la muerte. Durante
los primeros días no supe nombrar ese mal. Luego, más tarde, pude hacerlo.
EL HOMBRE
Repita esas palabras.
LA OTRA MUJER
Mal de la muerte.
EL HOMBRE
¿Cómo lo sabe?
LA OTRA MUJER
Lo sé. Lo sé sin saber cómo lo sé.
EL HOMBRE
¿En qué el mal de la muerte es mortal?
LA OTRA MUJER
En que el que lo padece no sabe que es portador de ella, de la muerte.
También en que estaría muerto sin vida previa a la que morir, sin conocimiento
alguno de morir a vida alguna.
LA OTRA MUJER se
vuelve a quedar dormida.
LA MUJER
Se diría que descansa de una fatiga inmemorial. Usted se ha olvidado del
color de sus ojos, así como del nombre que usted le dio la primera noche. Pero
esto no es la frontera infranqueable entre ella y usted. No, no el color, sino
la mirada.
Mientras está
diciendo esto, el hombre pone atención a LA MUJER. LA OTRA MUJER se ha
despertado y mira al hombre. Al terminar de hablar LA MUJER, el hombre mira a LA
OTRA MUJER que se ha sentado a sus espaldas y grita.
LA OTRA MUJER
Pronto será el fin, no tema.
EL HOMBRE la
levanta con un solo brazo. Comienza a besarla, a besarle los pechos y sus aréolas.
Ella se deja hacer sin moverse.
EL HOMBRE
Diga la palabra.
LA OTRA MUJER lo
mira impasible.
EL HOMBRE
¡Dígala! Diga mi nombre.
LA OTRA MUJER
sonríe.
EL HOMBRE
Diga el nombre.
LA OTRA MUJER se
vuelve a quedar dormida.
LA MUJER
El espíritu aflora siempre a la superficie del cuerpo, lo recorre por
entero, y de tal manera que cada una de las partes de ese cuerpo es por sí sola
testigo de su
totalidad, la mano y los ojos, el abombamiento del vientre y el rostro,
los pechos y el sexo, las piernas y los brazos, la respiración, el corazón, las
sienes y el sino.
Mientras LA
MUJER enumera, el hombre sale a la terraza y comienza a sollozar. Regresa a la
alcoba. Se tiende al lado de LA OTRA MUJER y sigue llorando. La luz del alba
entra por la terraza. EL HOMBRE prende las lámparas y observa a LA OTRA MUJER.
EL HOMBRE
En los lugares del sol del verano, en los lugares abiertos, ofrecidos a la vista.
EL HOMBRE apaga
las lámparas.
EL HOMBRE
Ella debería morir. Si ahora, en este momento de la noche ella muriera,
sería más fácil... para mí…
LA MUJER
Descubrir su poder infernal, la abominable fragilidad, la debilidad, la
fuerza invencible de la debilidad sin par.
Comienza a
llover. EL HOMBRE sale a la terraza.
EL HOMBRE (desde la terraza)
Si a esta hora ella muriera, sería más fácil hacerla desaparecer de la
faz de la tierra,
arrojarla a las aguas negras, bastarían unos minutos para arrojar un
cuerpo de ese peso a la mar creciente...
LA MUJER
...con el fin de eliminar de la cama ese olor hediondo de heliotropo y
cidro.
EL HOMBRE entra
a la habitación. Parece como que ya no reconoce la alcoba.
LA OTRA MUJER
¿Cuántas noches pagadas aún?
EL HOMBRE
Tres.
LA OTRA MUJER
¿No ha querido nunca a una mujer?
EL HOMBRE
No, nunca.
LA OTRA MUJER
¿No ha deseado nunca a una mujer?
EL HOMBRE
No, nunca.
LA OTRA MUJER
¿Ni una sola vez, ni un solo instante?
EL HOMBRE
No, nunca.
LA OTRA MUJER
¿Nunca? ¿Nunca?
EL HOMBRE
Nunca.
LA OTRA MUJER
Es raro un muerto. ¿Y mirar a una mujer, no ha mirado nunca a una mujer?
EL HOMBRE
No, nunca.
LA OTRA MUJER
¿Usted que mira?
EL HOMBRE
Todo lo demás.
LA OTRA MUJER se
despereza, sonríe y vuelve a dormirse. EL HOMBRE cierra los ojos. Cuando los
vuelve a abrir, se acuesta junto a LA OTRA MUJER. La observa detalladamente.
Observa el lugar del corazón.
LA MUJER
Es ahí, en ella, donde se cultiva el mal de la muerte. Esa forma
desplegada ante usted decreta el mal de la muerte.
EL HOMBRE
comienza a acariciar el cuerpo de LA OTRA MUJER. No deja de mirarla. Comienza a
acariciar el sexo. LA OTRA MUJER tiene ligeros estremecimientos. Sus párpados
tiemblan pero no se abren. La boca se abre como si quisiera decir. El goce se apodera de LA OTRA MUJER y la levanta del
lecho. Luego cae, inerte, los ojos cerrados. EL HOMBRE cierra los ojos. Se
cubre en el cuerpo de LA OTRA MUJER y comienza a llorar.
LA MUJER
Podría salir de la alcoba, alejarse del cuerpo...
LA OTRA MUJER se
despierta con el llanto del hombre. Mira al HOMBRE y mira la alcoba. Le
acaricia la mano al HOMBRE.
LA OTRA MUJER
¿Por qué llora?
EL HOMBRE
Usted debe saber por qué lloro. Usted es quien debiera saberlo.
LA OTRA MUJER
Porque usted no ama.
EL HOMBRE
Así es.
LA OTRA MUJER
¿Nunca?
EL HOMBRE
Nunca.
LA OTRA MUJER
El deseo de estar a punto de matar a un amante, de guardarlo para usted,
para usted solo, de poseerlo, de robarlo contra todas las leyes, contra todos
los imperios
de la moral, ¿no lo conoce, no lo ha conocido nunca?
EL HOMBRE
Nunca.
LA OTRA MUJER
Es raro un muerto. ¿Ha visto el mar? ¿Ya es de día?
EL HOMBRE
Despunta el día, pero en esta época del año es muy lento en invadir el
espacio que ilumina.
LA OTRA MUJER
¿De qué color es el mar?
EL HOMBRE
Negro.
LA OTRA MUJER
El mar nunca es negro. Debe estar confundido.
EL HOMBRE
¿Cree que es posible que la ame?
LA OTRA MUJER
No se puede de ninguna manera.
EL HOMBRE
¿Por culpa de la muerte?
LA OTRA MUJER
Sí, por culpa de esa insipidez de esa inmovilidad de su sentimiento, por
culpa de esa mentira al decir que el mar es negro.
LA OTRA MUJER se
acuesta para dormir. EL HOMBRE la despierta.
EL HOMBRE
Hable más.
LA OTRA MUJER
Entonces, hágame preguntas, por mí misma no puedo.
EL HOMBRE
¿Es posible que la pueda amar?
LA OTRA MUJER
No. Poco antes usted tuvo ganas de matarme cuando volvió de la terraza y
entró por segunda vez en la habitación. Lo comprendí en mi sueño por su mirada
sobre mí. ¿Por qué?
EL HOMBRE
No puedo saber por qué. No tengo la inteligencia de mi mal.
LA OTRA MUJER
Es la primera vez. No sabía antes de conocerlo que la muerte podía
vivirse. Usted anuncia el reino de la muerte. No se puede amar la muerte si le
viene impuesta desde
fuera.
LA OTRA MUJER y LA MUJER
Usted cree llorar por no amar. Usted llora por no imponer la muerte.
LA OTRA MUJER
Va usted a morir de muerte. Su muerte ha comenzado ya.
EL HOMBRE llora.
LA OTRA MUJER
No llore, no merece la pena, deje esta costumbre de llorar por usted
mismo, no merece la pena.
LA OTRA MUJER se
acuesta a dormir. Entra una luz solar sombría al cuarto.
LA OTRA MUJER
Aún dos noches pagadas, pronto se acabará esto.
Con la mano LA
OTRA MUJER le acaricia los ojos al hombre. Se queda dormida burlándose.
EL HOMBRE
El amor siempre me ha parecido fuera de lugar, no he comprendido nunca,
siempre he evitado amar, siempre he querido ser libre de no amar. Estoy
perdido. No sé de qué, en qué estoy perdido.
LA MUJER
Usted cuenta la historia de un niño.
LA OTRA MUJER
Deje de mentir. Espero no saber nunca nada de la forma en que usted,
usted sí sabe, por nada del mundo. No quisiera saber nada de la forma en que
usted, usted sí sabe,
con esa certeza que proviene de la muerte, esa monotonía irremediable,
igual a sí misma cada día de su vida, cada noche, con esa función mortal de la
falta de amar. Ya es de día, todo va a empezar, excepto usted. Usted, usted no
empieza nunca.
LA OTRA MUJER
vuelve a dormirse.
EL HOMBRE
¿Por qué duerme, de qué fatiga debe descansar? Monumental.
LA OTRA MUJER
levanta la mano y le acaricia el rosto y la boca al hombre. Vuelve a dormirse
burlándose.
LA OTRA MUJER
Usted no puede comprender ya que es usted quien hace la pregunta. Así
también descanso de usted, de la muerte.
LA MUJER
Usted continúa la historia del niño, la grita.
EL HOMBRE
No sé toda la historia del niño, de mí. He oído contar esa historia.
LA OTRA MUJER
sonríe.
LA OTRA MUJER
Yo también he oído y leído muchas veces esa historia, en todas partes,
en muchos libros.
EL HOMBRE
¿Cómo podría surgir el sentimiento de amar?
LA OTRA MUJER
Quizás de un fallo repentino en la lógica del universo. Por ejemplo de
un error. Nunca por quererlo.
EL HOMBRE
¿El sentimiento de amar podría surgir de otras cosas aún? Dígamelo.
LA OTRA MUJER
De todo, de un vuelo de pájaro nocturno, de un sueño, del sueño de un
sueño, de la cercanía de la muerte, de una palabra, de un crimen, de uno, de
uno mismo, de pronto sin saber cómo. Mire.
LA OTRA MUJER
abre las piernas. EL HOMBRE observa.
EL HOMBRE
Era ahí, la noche negra.
LA MUJER y EL HOMBRE
Es ahí.
LA OTRA MUJER
Ven.
Comienzan a
hacer el amor. EL HOMBRE la penetra y comienza a llorar.
LA OTRA MUJER
Tómame para que todo quede consumado.
Terminan de
hacer el amor. Los dos quedan dormidos. LA OTRA MUJER se levanta y se va.
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