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martes, 18 de diciembre de 2018

Sueño del 17 al 18 de diciembre

Soñaba que era una niña cuyos padres peleaban entre sí y no se detenían. Grité con toda mi fuerza para ser escuchada. Me desperté gritando.
Luego soñaba con Y., que le diagnosticaban cáncer y solamente podía comer alimentos tipo plástico en papilla. Me daba tristeza. Estábamos en unas escaleras de mármol y la luz entraba por un ventanal. Luego me iba con unos viejitos gringos (un hombre y dos mujeres) que iban a unas abluciones y se desnudaban en un baño pequeño con muchos lavabos y mosaicos amarillos.
Szenzi, Susana y los viejos

lunes, 10 de diciembre de 2018

Sueño del 8 al 9 de diciembre y del 9 al 10

Regresaba a la casa de V. Ahora no estaba L. Sólo ella pero me gustaba cómo tenía todo ordenado. Ella solo se vestía de blanco, aunque podía poner color a su ropa blanca. Veía todo su clóset. Ya nos íbamos pero le preguntaba si podía ver su obra. Ya tenía una manera nueva de pintar.
Se trataba de unos papeles enormes que ya traían unas líneas hechas y ella les pintaba encima. Su primer dibujo era una alicia, guera, ojos grandes, vestida de azul, aunque yo sabía que se trataba de nuevo de M. y sentía envidia.
Después los otros dibujos eran diferentes. Me gustaban mucho, ella reinterpretaba lo que estaba ahí. Cuando platicábamos de mí, me daba cuenta que lo que yo quería hacer no era estudiar un doctorado, sino ayudar a las personas a entender lo que estaban viviendo.
Me desperté contenta, sabiendo que todos en ese sueño eran yo.


NOCHE SIGUIENTE


Un hotel de muchos pisos. En los cuartos superiores estaba una gran fiesta, muy divertida, conocía a todos y me la pasaba muy bien. Más bien era como vivir una fiesta de la juventud como nunca me lo había permitido.

Luego bajaba por el elevador. Estaba M. Decidía verla, enfrentarla. Estaba toda su comida, todos comían agachados por miedo a ser reconocidos. Era extraño. Por fin me atrevía a felicitarla, decirle que había escuchado lo que había hecho. Me sorprendía su modestia. No quería hablar de ello sino de mí. Vi a sus sobrinos y a su mamá y a su hermana. Sentí algo de nostalgia y me sentía torpe porque no sabía cómo saludar a todos en esa situación.
Me escapaba, estaba siguiendo a alguien por los pisos de abajo. Aunque no era yo, lo que pasaba es que veía a mi M. siguiendo a alguien y se iba a subir en el elevador. La detenía antes de hacerlo. Me sorprendía porque la veía entera, de pie, caminando. No se veía bien sin embargo. Tenía la piel color naranja, descompuesto. Le preguntaba cómo estaba y me decía que bien. Tenía una sonrisa triste. Ella me decía que no me preocupara, que estaría bien. Yo le decía antes de que se fuera que así era, que todo estaba bien y que se rindiera ante la luz, como si tuviera que decirle cosas antes de que siguiera esa carrera por entre los cuartos vacíos de ese hotel enorme, le tenía que decir que soltara todo.

martes, 21 de agosto de 2018

Medieval (fragmento escrito a los 15 años)

I.
Alexa Wilding, ‘Lady Lilith’, Dante Gabriel Rossetti

La encontraron debajo de un árbol, en un verde valle. Su rostro estaba sucio y sus largos cabellos se enroscaban a su alrededor, adhiriéndose a su cuerpo como si fueran serpientes de color naranja.
Al principio no quise levantar la cara. Abrazada fuertemente a sus rodillas, sus vestidos marrones se confundían con la corteza del roble.
Los aldeanos gritaban y agitaban sus palas e instrumentos, mientras que el número de ellos se perdía en la oscuridad del negro bosque que rodeaba el valle. En vano intentaban el caballo y su noble jinete detenerlos. Cada vez se acercaban en mayor número, cerrando un círculo alrededor de ella.
-¡Terror!- gritaban algunos de ellos; y los demás respondían con gritos y no palabras. El concierto aumentaba en fuerza y vigor, como cantos macabros salidos de catacumbas oscuras y malolientes.
Las voces se fueron apagando. El anochecer llegó y el valle se fue quedando vacío. El viento, llamado por la luna, recogió algunas hojas y se marchó también.

II.
Una fuerte tormenta azotaba a la aldea. Las luces de las casas estaban apagadas esperando que amaneciera. Los aldeanos, unos por sueño, otros por superstición. habían apagado sus quinqués e incluso alguno murmuraba una oración.
En el vecino bosque, las nubes tapaban a la luna quien, no obstante, dejaba que alguno que otro de sus rayos resbalara sobre las finas agujas de los pinos. Alrededor de una fogata apagada, cinco extraños seres bailaban dando giros sobre sí mismos.
Una mujer mulata tocaba el pandero y entonaba una canción de sílabas cortadas. Después de un tiempo los danzantes se sentaron en círculo alrededor de la leña mojada. Conforme la lluvia cesaba de caer, los seres intentaban, cada uno por turno, prender de nuevo la fogata.
El quinto ser aventó el pedernal sobre las varas al tiempo que una radiante llama naranja iluminó su hermosa cara y los pelirrojos cabellos a su alrededor.

III.
Un caballero de larga capa negra la dejó caer la silla de un pequeño comedor. Un hombre robusto, con algunos años encima, le esperaba.
-Se han escapado.- se limitó a decir el hombre de la capa.
Ambos salieron de la casa y, con largos pasos, se aproximaron a un par de caballos. Tras montarlos, el segundo hombre señaló al bosque y ambos partieron hacia allá.