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jueves, 25 de abril de 2019

Reetika sí lo tomó en sus manos


Quiero explicar
Ese mismo año
Yo también tenía un bebé
Pero el amor hacia el poeta
Llegó hasta después

Hoy yo surco la misma laguna
Del Leteo
Deseando ese olvido
Que ella encontró

Es fácil decir
Escúchame
Cuando hablas por teléfono
Más difícil
Decir un día
La vida me cuesta demasiado
Y esperar
Que yo no brinque
Desde mi orilla
Para salvarte

Quisiera entender
Con tus silencios
Dónde estás poniendo las comas

No hallarte así algún día
O más bien
No hallarme así algún día

Igual que Reetika
Hablando por teléfono
Pidiendo ayuda

Aunque la búsqueda de la belleza
De las palabras
De los poemas

No, quiero en realidad
Decir otra cosa
Pero no puedo formularla

Tú eres el espíritu de nuestro siglo
Pero nadie se da cuenta
Y te tienen castigado

Es decir,
Nadie quiere que le hables
Del mundo que está deletreado ahora
Enfrente de nosotros
Pero sólo tú puedes leer
Por ahora

Tienen miedo
Porque tu voz habla de la verdad
Y la verdad
Desafortunadamente para Keats
Ya no tiene nada qué decir
Frente a la belleza
Porque ha dejado de existir

O de importar

Duermes en tu cama nueva
Tu escritorio nuevo
Tus plumas nuevas
Tu máquina nueva
Tus zapatos nuevos
Tu reloj es nuevo también

Dices que yo te restauré el significado
Pero te cuesta trabajo vivir
También yo he fracasado
No tengo cómo responder
Ni los dos creemos en nada

No nombres cuál es el desafío
Ni a ti ni a mí nos importa un bledo
Crear
Escribir
Actuar
Dirigir
Ya todo estaba muerto

Escucha
Sigue la verdadera vida
A partir de este punto
Que puedes llamar
si quieres
punto final

El desafío ahora
Se llama
Tomar la siguiente respiración
No
Qué digo
La siguiente inhalación

Ahora es fácil
Bueno, para Reetika nunca lo fue
Al menos sabemos que hay niños
Pero esos niños se irán

No hay risa que nutra
No hay beso que forme
No hay mirada que llene

Yo no he dicho
Si las palabras daban fuerzas
Al menos tú tienes un adulto con quien hablar
Y yo aquí
Estoy en el fin del mundo
Esperando
Las campanas

¿Es verdad que fui feliz?
Tan sólo borracha de belleza
Alguna vez
Luego abrí los ojos
Y no quedó nada
aparte de aquello que
gustamos nombrar
sentimiento
el humano sentimiento
y este olor
indistinguible
de tan penetrante

Quién descubrió a Reetika
Cómo fue esa imagen que vio
Cuántas horas llevaban ahí
y los cuchillos cuántas más

Esas respuestas tal vez
tenían ánimo de ser poesía
pero como siempre
llegamos demasiado tarde.

lunes, 7 de enero de 2019

Del amor y el dolor (y los ataques de pánico)

Yo también quiero tener la sangre azul y ser fiel toda la vida.
Pero suceden los días de dolor
y cuando llegan te hacen rendir las cuentas...
Sueltas y caes de rodillas porque no hay manera de describir la manera en que te deconstruyes.
Y me pregunto, ¿esto te pasará a ti también?
El mundo se rompe en pedazos y nada tiene indicios de normalidad.
Lo pueden llamar principios de esquizofrenia.
¿Me visitarás si termino en un manicomio?

Mantener la mente en foco, contar 1, 2, 3, 4, 5, 6...
Los ataques de pánico fueron el comienzo y ahora sé que no tendrán final. Pensé que las pastillas servirían de algo, que de verdad había algo malo en mi cabeza. Sirven al principio. Cuando no tienes ni puta idea de lo que seguirá.
Después cruzas un puente y crees que todo volverá a ser como antes.
Pero nunca es así.
Porque el ataque te espía a la vuelta de tu mirada. Está agazapado, quieto, como un tigre que acecha.
Y te das cuenta que forma parte de ti.
Por ello va a regresar.
Mi mente forma un túnel largo.
La salida más corta es el final. Lo sé y lo veo. No puedo describir el miedo porque no tiene forma ni color ni olor. No es nada de lo que has imaginado. La realidad que se aleja de ti. Y todo lo que conoces nunca regresará.
Comienzas a observarlos. Sabes cuándo vendrán. Están anidados en ti, solo que a veces deciden que es un buen momento para estirar las piernas e ir a dar un paseo.
Azul es azul, rojo es rojo, tele es tele, piso, pared, puerta, tratas de ponerle un nombre a todo.
Otras veces corres a llegar a tu cama. La cama siempre es el mejor lugar.
Otra cosa sucede con los ataques. Vienen con lágrimas, inexplicables, fluyen como un río, incontrolable, no lavan nada, solo brotan sin parar.
Esto debe estar en un libro de psicología, pienso, tratando de que algo cobre sentido.
You have fucked up your life, pienso también.
Rezar, de niña rezar siempre funcionaba en los peores momentos. Cerrar las manos en el regazo y repetir las palabras de la oración. De niña lo hacía tapándome los oídos para no escuchar los gritos.
Esos gritos y esos padres.
El tren de mi pensamiento no para. Fueron entonces mis padres, culpables, no tienen idea del daño que me infligieron. El cuchillo es de doble filo. Si ellos lo hicieron conmigo, yo lo estaré haciendo con mis hijos, día tras día.

No puedo entrar a ver las redes sociales, no puedo identificarme con nada. Todo duele, la luz matinal, el sol que se esconde tras las naranjas, la noche que me deja en una casa vacía.
Abrazo a mis perros. Su respiración es tibia. Pero el ataque sigue ahí. La mirada de los animales es tan dulce que brotan más lágrimas de mí.
No puedo racionalizar cómo comenzó todo. Hace días en un camión. Vi una mujer anciana, muy anciana. No pude hacer lo que quería por mi madre. Nunca fue suficiente. Y la mirada de ella me acusa hoy.
Pero eso no es racional de hecho. No sirve el cerebro. El dolor entumece el cuerpo. Dejo de comer. El ataque sigue ahí. Es como el niño robot de I.A., así estoy, enterrada en el fondo de un mundo en destrucción esperando que se termine mi batería. El mundo se ha terminado pero yo sigo consciente. Y sola.
Alejo a todos de mí. Quiero llamarlos a mi lado pero sé que en cuanto se acerquen, me alejaré. Los haré huir, no pueden ver lo que queda de mí. Soy tanto dolor que ellos no lo merecen.
El agua suaviza un poco mis sentimientos. Al menos regula la temperatura. Podría quedarme tres horas pero se termina el agua caliente.
Nada tiene sentido, el dolor es tan fuerte que decido quedarme quieta, no puedo conectarme al exterior porque todo me causa un miedo terrible. El grado de identificación que tengo hacia un programa de televisión, hacia un libro, hacia el Internet es tan fuerte que siento cómo se clava el miedo en mi pecho.
Hablo con mi amiga. Ella ha vivido esto. No es mejor ni peor. No pasará. No tiene solución. Al menos poder hablar así de esto con alguien me aterriza. No quiero decir que me siento mejor porque sería una mentira. Sólo que sé que no existe razón para esto y punto. Y nunca se irá para siempre y punto. Es un principio de realidad.
Una idea cruza mi mente: si el arte sirviera para algo debería dar esperanzas a quienes viven algo así. Si tan solo un artista pudiera dar esperanza, el arte tendría sentido. Pero yo no puedo hacerlo.  Me pregunto cómo hace alguien para escribir una novela, si yo apenas logro salir de la cama.
Prender una vela ayuda. Sé que se cumple un año de la muerte de mi madre. Es como vivir de nuevo ese tránsito doloroso pero ahora no hay descanso. El año pasado cuando falleció su angustia cesó. Y eso fue bueno. Ahora nada cesará porque aquello ya cesó y esto, esto que no tiene nombre, es continuo.
Veo la foto de mi madre. Me pregunto si el dolor que vivo ahorita es una identificación, una certificación de fe, una muestra de solidaridad mía hacia con ella, sentir la misma angustia que ella pasaba antes de morir. Me doy cuenta cuán aterrada estuvo mi madre tantos y tantos días, meses y años de su vida. Lamento no haber podido platicarlo con ella. Le digo a su fotografía: "El día 13 vas a morir, mamá, pero no te preocupes, estará bien, estaré contigo, sigo contigo."
Duermo con 5 cobijas. Y una de ellas es eléctrica. El calor sirve un poco, es como tener a un enorme animal vivo sobre mí. Me pregunto cuánto dolor es posible aguantar.
Para estas alturas ya no pienso. Estoy hincada y no tomo nada entre mis manos. Mi frente toca el piso. Me rindo, siempre este movimiento me lleva a rendirme. Tiene que ser para rendirme. Y cuando me rinda, volverá a suceder, tendré que volver a rendirme una y otra vez.
Las clases y el trabajo regresan. La rutina siempre ayuda. Hay un enorme silencio dentro de mí. Me he dejado de argumentar a mi misma el sentido de todo lo que me ocurre. No hay respuesta. Me prohibo racionalizar.
Tengo la siguiente imagen: es como si mi mente fuera un perro ladrando ante cualquier estímulo que pasa. Pero he construido una cerca alrededor de ese perro. I have backed out so much that behind me there is only a wall. No hay camino hacia allá atrás (el racionalizar), me digo. Ya no hay nada más que entender con la razón. Debo tomar el camino hacia el otro lado. Sin pensar, sin excusar nada, sin tratar de entender nada...
Sigue doliendo, sigo entumida. Me tomo una foto y la miro. Cuán triste me veo. Siempre me he visto así. Tan triste.
Mi primo me dice que la culpa que cargo es excesiva. ¿Cómo pude construir tanta culpa? Empiezo a ver ese deseo contradictorio de quererme borrar de la existencia, tal es mi odio hacia mí... Freud trataba de entenderlo, lo sé... cómo un deseo tan fuerte de una muerte tan brutal? Eso mismo comienzo a figurar.
Eso trae una suerte de alivio, el primer respiro en varios días. Si pudiera acabar con la culpa... Y sucede algo más curioso aún: me doy cuenta que el dolor se ha instalado de tal forma en mi interior que ahora no quiero estar bien. Me resulta extraño estar bien. Había encontrado una suerte de identificación en mi tristeza y en mi pánico que tengo que admitir que incluso soy yo misma quien no quiere dejar de estar mal.
¿Cómo me hablará la gente ahora que esté bien? ¿No dirá que todo lo he inventado? Siendo sincera, ¿estoy de acuerdo con estar bien?
Prendo de nuevo la vela. Quiero que se acabe esa vela, porque ese fuego realmente mueve algo dentro de mí. Sigo una meditación. Respiro y visualizo un campo soleado.
Hay un hombre ahí, rubio, de ojos azules y cabello largo. Yo no lo pensé, tan solo apareció y sé que sólo quiere estar ahí. Pienso que empezar a imaginar que el amor existe, después de un tiempo tan largo de haberlo desterrado, puede ser que lo haga visible, posible, tangible.
El río, el sol, el pasto y el hombre. No sé quien es, pero está ahí. Luego desaparece y acaba la meditación. Me siento mejor.
Pequeños actos de amor hacia mí. De verdad no sé por dónde comenzar. La serenidad y los momentos de llanto comienzan a sucederse. Al menos no está el miedo todo el tiempo. Me doy cuenta que no tomaré más mis medicinas. Ellas no evitarán que esto pase de nuevo.
Veo la tele. Los infortunios de todos los protagonistas de las historias para niños quizá estén escritos aquí, en mi vida. Luchar, una y otra vez. Pararse, una y otra vez. Seguir, una y otra vez. No hay final y la vida sólo se trata de esto.
Ahora con momentos más serenos puedo comenzar a ver el fracaso de mi vida en todos los sentidos. Entiendo parte de lo que me trajo al pánico: la certeza absoluta de que nada en mi vida es como hubiera querido que fuera.
Me considero un fracaso. Una puerta cerrada. Un camino que termina en precipicio.
Pero está bien. Al menos puedo ver esto y ya no pedirme a mí misma ser otra cosa.
Este es el punto en el que no hay más que sinceridad. No hay nada más que perder.
Sé que veré a mis hijos pronto. Esta idea hace brotar lágrimas profundas. Tengo miedo, quiero tenerlos lejos de mí. Me verán frágil y dolida y no podré estar para ellos. Y el que ellos no estén también me duele.
Regreso a la imagen del perro y la pared. El camino del rechazo ya lo conoces y has topado con pared. ¿Por qué no intentas avanzar hacia adelante? ¿Por qué no intentas convivir con el sí? ¿Con el amor? ¿Con la aceptación? ¿Con la idea de que si realmente le has hecho daño a la gente que te rodea eso no está tan mal? Porque era inevitable. ¿Por qué no soltar la fantasía infantil de que no repetirías una historia que estaba escrita para que la repitieras tal cual? ¿En qué momento de la vida creíste que era posible cambiar un ápice el Destino? ¿Qué poder superior creíste tener para decidir que tus hijos vivieran mejor que lo que tú viviste?
Estoy sacudida hasta los huesos. De verdad se siente así, como si ya no hubiera piel ni músculo ni nervios. Actúo a nivel óseo. ¿Seré capaz de amar alguna vez? ¿Me amarán alguna vez? No tengo respuesta a esto.
Tienes que regresar al perdón más básico, me digo. Quizá ahí hay un camino. Empezar por decir, me perdono por existir y ser quien soy. Me perdono por este dolor que me infrinjo sola. Me perdono por hacer tantas cosas que no quiero. Me perdono por quererme borrar.
Como si la vida fuera un espejo de mi interior, me doy cuenta que no hay gasolina en mi ciudad. Está agotada en el estado, quizá en el país. No me sorprende. Parece coincidir con esa eterna sequía que se ha instalado en mi interior.

Veo la película "The Lobster". Resuena extrañamente en mí. Logro ver cosas en ella que de otra manera no percibiría. En ese mundo las expresiones de amor no van acompañadas del sentimiento. Es una película donde no existe el amor y por ello, toda ella vibra con amor. Es una cuestión extraña. Como una película de Pasolini, "La langosta" me explica que nada de lo que llamamos amor aquí realmente es el amor. Su completa ausencia, nuestra obsesión absoluta por encontrar a alguien que tenga algo compatible con nosotros es eso que llamamos amor... ¿Pero cómo podría ser amor el que te quites la vista, que te arranques los ojos por la persona que amas? ¿Hasta qué punto una y otra vez el amor significa sacrificio para nosotros?
Si los dos somos ciegos tendremos un vínculo irrompible. Es como tener un hijo y creer que eso es lo que nos mantiene juntos. No tengo idea de lo que es el amor. Sí sé lo que es crear un mundo donde me he asegurado que no exista ni rastro de amor.
No amamos al otro. En realidad solo estamos obsesionados por no estar solos. Buscamos al otro desde nuestra necesidad intrínseca de compañía y de que sea para nosotros aquello que sea inamovible y absoluto.
Esto es muy extraño, lo sé. La primera cualidad del amor para mí tendría que ser su absoluta incondicionalidad ante lo que yo soy. Una mano suave que me sostuviera sin importar qué pensamiento, palabra, acción saliera de mí.
Yo no soy capaz de sentir eso por mí. Vivo detrás de una enorme barricada. Al menos es bueno comenzar con la honestidad. Y eso es todo lo que hasta ahora sé.

miércoles, 19 de diciembre de 2018

Mi Sombra hacia el 2019


Acabo de ir a una librería Gandhi, supuestamente la librería que más vende de toda la República, de la Ciudad de México y me llevé la tremenda sorpresa de que no había un solo libro de Carl Jung. No sé si esto suceda porque el discípulo indiscipulado de Freud dice una verdad que no es fácil de ver.
Afortunadamente cuando uno se acerca a un autor, sus palabras toman camino dentro de uno y encontré esta cita:
Nuestra sombra es todo aquello en nuestro interior que hemos dejado huérfano, que hemos evadido y que permanece en la oscuridad. Damos la espalda al dolor en algún momento de nuestra vida, sobre todo durante la infancia, sin embargo todo aquello que no hemos procesado persiste relegado y escondido en nuestra sombra. Nuestra sombra es el lugar donde nuestra fuerza vital queda atrapada fuera de nuestro alcance... El trabajo con la sombra va en contra de lo establecido: caminamos hacia el dolor, no alejándonos de él. Accedemos a ese sitio de dolor en nuestro interior y poco a poco lo sacamos al exterior, lo reconocemos e intimamos con él, hasta que ese dolor distante y extraño deja de ser ese temido "él" y se vuelve un "nosotros" recuperado.
Nunca hubiera podido describir con mejor precisión el proceso que viví de agosto 2017 a la fecha, hace una o dos semanas. En medio de una terapia de grupo le confesé una noche de agosto del 2017 a mi terapeuta: "Algo se acerca, lo puedo ver con el rabillo del ojo, no sé qué es y me aterra."

La sombra llegó hacia mediados de noviembre y se instaló a mi lado. No me era posible verla, pero sabía que estaba ahí. No me gustaba. Era desagradable, en pocas palabras, era todo aquello que me había jurado jamás ser desde niña. Se me acercaba, pidiendo consuelo, se recargaba en mi hombro y me daban ganas de vomitar.

En diciembre ya tenía una presencia definida en mi vida. Todo estaba fuera de mis manos. No hubo celebraciones. Llegó la muerte de mi madre en enero, en medio de una yo que era toda confusión y angustia. Mi amigo Magdiel me contuvo un poco, pero no hay fecha que no se cumpla. Llegó la Muerte y no me encontró, llegó en uno de esos viajes que yo hacía para entender qué pasaba conmigo y qué era aquello que se asomaba por el rabillo de mi ojo.

Febrero fue un mes oscuro, de las oscuridades que yo no sabía que el alma podía tocar. No quería hacer nada. Una chispa apagada, una fuerza extinguida. Era tal el despair (pues no creo que en español haya palabra parecida) que pasaba las tardes sentada enfrente de una vela encendida, porque no sabía cómo regresar a la luz.

En agosto se abrió el túnel. Era un camino directo al suicidio. Lo vi llegar mientras manejaba. Se abrió ante mí. Era tan fácil y luminoso. Era entender con tranquilidad cómo es que todas esas personas (Robin Williams, por Dios!) tomaban el camino del suicidio. Manejé a casa y llamé a mi padre, le pedí que no dejase de hablar, pasara lo que pasara. Me así a la vida como pude.

No era el final de la sombra, ni mucho menos. Tomé medicinas, tomé terapias, hice acupuntura, me moví hacia donde fuera. La segunda vez que se abrió el túnel (este año porque ya se había abierto antes) lo pude ver. Ver su forma y aguantar su paso. Saber que iba a regresar, que no había manera que desapareciera. Era el centro de la sombra y no había manera de resistirlo.

Claro que regresó, quizá por menos tiempo. Claro que seguí haciendo mil cosas para que desapareciera. Las tardes en que me quedaba sola me aterraban. No había manera de estar a salvo. Incluso al lado de mi mejor amigo, la Sombra llegaría al centro de mi corazón. ¿Cómo explicar la angustia que sentía? ¿Cómo decirle que en una bella y tranquila tarde de otoño bajo el brillante sol y la calma yo estaba segura que el mundo llegaba a su fin? ¿Y que ya no me importaba absolutamente nada de lo que ocurriera? ¿Que morir quizá significara de verdad descansar? ¿Que la Sombra estaba acomodándose en medio de mi pecho para quedarse?

Luego en diciembre 2018 llegó un sueño terrorífico del cual desperté angustiada. Había visto a la Sombra. La Sombra tenía la forma del terror de mi infancia. La Sombra era roja y quería ser escuchada. Quería ser vista. Era molesta, poco educada, apestaba, todo lo hacía mal, reprobaba en la escuela, quería atención, quería gritar, decir groserías, eructar, quería sexo y dinero y aprobación. Me gritaba al oído en la forma que yo por fin le había podido dar. Mi madre me veía de frente. Yo cerraba los ojos y la Sombra se encimaba sobre mí. Quería mi muerte y mi desaparición, me amenazaba.

Pero la pude ver. Ese reflejo que la vida me había puesto desde niña y al que yo había evitado todo lo posible. Había corrido a miles de kilómetros, a miles de otras relaciones para evitarla, pero al fin me había alcanzado. Y era mucho peor de lo que podía yo imaginar. Pero también me explicaba por qué yo me empeñaba en seguir subida a una repisa sin querer saltar hacia la vida.

Ahí está hoy, mi Sombra, la Sombra, terrible monstruo de pesadilla en forma de ese hombre que conozco tan bien y por el que tanto he llorado. Es abominable, despreciable, está loco y angustiado y sólo sabe gritar para ser escuchado. Todo lo arruina en cuanto lo toca. No puede tener una sola relación estable. No puede tener dinero pues de inmediato lo pierde. No sabe lo que es ser amado.

Ahí está mi Sombra, sentada a la mitad de la sala de mi ser, justo en medio de mi pecho. Si la miro un poco de cerca hasta resulta ridícula. Hace unos días le puse una correa y la invité a subirse al coche conmigo. Le puse su cinturón y miró hacia el frente. Al menos está tranquila porque sabe que la he visto.

Ya no la escondo. Duerme a mis pies y a veces quiere más que eso y yo la tengo que ver. No puedo acercarme demasiado, porque es probable que me coma. Pero haberle puesto nombre y color rojo y entenderla en su presencia es un consuelo para mí.

Si se vuelve a abrir el túnel quizá logre presenciar todo el fenómeno sin intentar huir. Ese túnel es la boca de mi Sombra que se abre inmensa para devorar el mundo. Yo solo tengo que mirar. Y si puedo, algún día, no este año ni creo que el siguiente ni el otro, le acariciaré las mejillas, solo para saber si tiene calor su piel.

Mientras tanto que duerma a mi lado, que respire a mi lado... Yo sólo tengo que observarla sin huir.



domingo, 18 de noviembre de 2018

Sueño del 17 al 18 de noviembre

Soñé que Morelia estaba inundada y yo tenía una hija desobediente. Ella hacía lo que quería. La seguía al río y quería bajar. Todo mundo en las orillas del río de Morelia estaba sacando sus cosas mojadas a secar. El río era enorme, transparente, tenía en medio algas que flotaban, era muy bello. Bajamos por una resbaladilla de cemento al río. Bueno, yo no quise bajar por ahí porque eso era para niños. Mi hija me había puesto unas botas amarillas nuevas, hermosas, resistentes. Ella se iba corriendo.
Yo veía muchos caballos, blancos y cafés, debajo de las aguas del río. Eran felices ahí, corrían y convivían. Caballos en Morelia, pensaba yo. Luego uno me perseguía, juguetón y yo me mojaba porque había partes donde llovía y porque terminaba metiéndome al agua. Me preocupaban mis botas, pero al final lo disfrutaba.
Seguí mi camino buscando a mi hija. Los caminos estaban inundados, trataba de saltar los charcos, llegaba a un como parque, había muchos mosquitos. Estaba C., mamá de M. y me saludaba. El papá de K. mandaba un chiste muy bueno al Whatsapp.
Yo llegaba a casa. En esos días vivíamos en una casa que mi amiga L. nos había prestado. Tenía una terraza hermosa llena de flores rosas. Como mis hijos no estaban, yo salía a la terraza. Veía  las flores, marchitas, y pensaba que el día que había llegado las flores estaban esplendorosas y agradecí mucho haberlas podido ver así. Ahora las fuertes lluvias habían acabado con sus pétalos.
Pasee por la terraza disfrutando. Había un curioso aparato en la esquina, unos fierritos que embonan entre sí, parecidos a las ramitas que Newt Scamander tiene siempre. Yo movía los fierritos y empezaba la bomba de agua. El problema era que ya no sabía cómo pararla. Salía la vecina y yo me angustiaba. Nos saludábamos, ella seguía su camino. Yo me decía a mí misma que la bomba se detendría sola. Mi amiga me había explicado cómo prenderla y apagarla y, para variar, yo no le había prestado atención. La bomba se detuvo finalmente.
Desperté.